En 1844 en la ciudad de
Rochdale, Manchester, Inglaterra, se fundó, la primera cooperativa que impulsó
el desarrollo del cooperativismo. Entre sus objetivos se encontraba el de
enseñar las virtudes de la cooperación. Así surgió el principio de la educación
cooperativa el cual, junto a otros más, conformaron lo que se dio en llamar la
doctrina cooperativa.
En nuestro país, a
principios del siglo XX, se reclamaba la enseñanza de los principios
cooperativos en las escuelas. Importantes decretos y leyes provinciales fueron
fortaleciendo la necesidad de ir formando a los niños y jóvenes, de un espíritu
solidario, para lograr hombres responsables y comprometidos con las necesidades
económicas y sociales de sus comunidades. En este sentido también, la UNESCO,
reconoce la importancia de que se creen cooperativas escolares, definiéndolas
como “sociedades de alumnos administradas por ellos con el concurso de los
maestros con vistas a actividades comunes. Inspirados en un ideal de progreso
humano basado en la educación moral de la sociedad de los pequeños cooperadores
por medio de la sociedad y el trabajo de sus miembros”.
Es así que se puede
afirmar que la verdadera naturaleza de las cooperativas escolares es
esencialmente pedagógica, (…) constituyendo una valiosa herramienta didáctica
en el ámbito de la enseñanza. La
práctica del cooperativismo escolar a través del trabajo en equipo, beneficiará
no sólo al alumno y su familia sino también a la escuela, porque los contenidos
curriculares, serán de gran interés para la comunidad ya que se ajustarán a las
realidades que viven.
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